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Nosotros

A quienes tenemos carrera larga en el periodismo, sobre todo en el periodismo escrito, de súbito nos cayó encima tremendo palabrerío recién inventado, como un Macondo, como la aparición de un mundo desconocido donde muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Tuvo que pasar demasiado tiempo para que lográramos asimilar el hecho. Nos hablaban, por ejemplo, del correo electrónico, pero la máquina del cerebro nada más lograba dibujar a los carteros con sus pitidos y morrales con sobres en las puertas de las casas, entregando las buenas o las malas, escritas de puño y letra. ¿Que la cosa se había convertido en electrónica? «Pues con qué se come eso», era lo que nos preguntábamos.

Varios aun ni siquiera habíamos tramitado una cuenta de correo y le seguíamos pegando duro a la tecla de una Remington o de una Olivetti, incapaces de entenderle a aquel aparato del demonio que llamaban computadora, cuando como virus, por doquier, cundió la moda del internet, del chat y de la madre que lo parió. Entonces vimos que era inevitable, que la cosa se había venido en serio, y que así fuera a cachetadas, zumba, zumba, debíamos viajar, a tientas y con cremita, por los inescrutables túneles de las fibras ópticas.

En nuestras casas, por las oficinas y en las redacciones de los periódicos empezaron a hacer acto de aparición aquellas computadoras panzonas, por supuesto que en blanco y negro, y muchos las veíamos absortos, con miedo a tocarlas, hasta que poco a poco los dedos comenzaron a bailar sobre los teclados, y sucumbimos al encanto de ya no ocupar más el liquid paper que ayudaba a cubrir los errores de nuestros textos en hojas bond: como por arte de magia, se podía reemplazar una línea, cualquier palabra, o párrafos enteros. Y luego la diablura del internet, pornografía incluida, que metidos en gastos, pues allí estaba todo, casi cualquier herramienta con la que solíamos o solemos trabajar los periodistas.

Por supuesto que todo esto ha sido superado en los días actuales, porque a manotazos tuvimos que entenderle a la entonces novedad, si no queríamos quedarnos rezagados en el mundo de la información que, como Pedro por su casa, corría y sigue corriendo a través del internet. Incluso tuvimos que caminar de prisa, a galope, desde el momento en que como hierba montaraz cundieron las redes sociales a la medida de los gustos y el entendimiento de cada cual. A zancadas, porque de repente nuestras publicaciones en un dos por tres se volvían amarillentas, anticuadas, si al mismo tiempo no se daban una revolcada por Facebook, Twitter, o Instagram. Y en los últimos tiempos, al revés: reverberan sitios web, especialmente Reddit, de donde constantemente fluye la noticia misma. También la televisión tradicional –asunto increíble– se volvió obsoleta de frente a YouTube y otras ofertas de entretenimiento.

Y lo impensable: medio mundo se volvió dizque periodista, cualquier hijo de vecino se hizo con el  derecho de opinar o publicar imágenes en las redes, aunque francamente abundan las estupideces, frases inútiles, sosas, y hasta rezanderas con la firme creencia de que Dios y la Virgen y todo cristo a la redonda tienen Facebook. Por supuesto que también lo contrario, esto es, salieron a la luz medios de comunicación online de muy respetable factura, a la par de opiniones individuales con valor agregado. Pero sobre cualquier situación, el internet trajo consigo un fenómeno no planeado, y que hoy en día los dueños del poder mundial intentan regular o definitivamente desaparecer: libertad de expresión, libertad de comunicarse, libertad de opinar.

Ah, pues hemos querido meternos al ring de este prodigio, decidimos no desaprovechar la oportunidad de manifestar libremente nuestros ajustes de cuentas con la vida, con la sociedad y con los gobiernos. Y hasta con nuestras fobias. Dimos en elegir un nombre, el de esta página y de sus redes adjuntas, que pareciera el proyecto de cierto político de la vecindad. Pero ni al caso. El nombre es provocación, irreverencia, ganas de joder y de córrele porque te pego. Con esto no queremos decir, ni decimos, que la línea es ir a la contra. Cero. No existen las líneas rectas. Nada es blanco y tampoco negro. Lo social y el hombre mismo permean en claroscuros. Y esto es la impronta, el sello de la casa, el real y absoluto deseo de que se puedan colar los halos de luz, pero también las contraposiciones y los señalamientos. Queremos practicar la democracia. Y como en la democracia cabemos todos, entonces también caben nuestros seguidores. Hagan la prueba y verán que estamos al 100. Y punto.

 

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